El equilibrio de nuestra cadena de valor

Por Gabriel Farias Iribarren

El mundo está globalizado para producir una prenda o un accesorio de moda, pero no está coordinado para exterminar un virus. Vivir globalizados no ha sido condición suficiente para generar una acción conjunta y una organización eficiente.

La globalización actual posibilita elaborar un producto en un extremo del mundo y venderlo en el otro mediante un proceso rutinario, continuo, rápido y trazable. No obstante, esta pandemia nos ha permitido confirmar que existe una profunda disociación y descoordinación a la hora de generar una estrategia conjunta global. El promocionado lema “piensa global, actúa local” nos ha jugado una mala pasada. Tenemos un problema mundial y la única opción disponible es la búsqueda de una solución local.

Pero además, si posicionamos el análisis en nuestro sector o industria, en nuestra propia empresa y observamos con atención, podremos ver que esa disociación entre un extremo y otro de la cadena de valor constituye una deficiencia que perjudica a nuestro negocio mucho más de lo que pensamos en primera instancia.

DE GLOBALIZACIÓN A INTRAGLOBALIZACIÓN

Una vez finalizada esta pandemia, después de una necesaria etapa de revisión, será momento de cambiar el lema que en cierta forma nos ha traicionado, instaurando un nuevo y actualizado: ¡piensa y actúa intraglobalmente!

Este cambio de concepción sobre nuestro rol dentro de un mundo globalizado nos permitirá pasar al próximo nivel y a la creación de renovadas relaciones entre las partes. La globalización dejará de ser únicamente sinónimo de tercerización, de cierto desentendimiento de un extremo de la cadena por el otro; crearemos una nueva dinámica mancomunada, con mayor interacción y compromiso entre los protagonistas.

Forjaremos una nueva globalización que nos permita encontrar una verdadera respuesta global, ya sea para las transacciones comerciales habituales como para los grandes problemas de la humanidad. Globalización ya no puede ser sinónimo de desentendimiento, de una simple tercerización de procesos que no me convienen o no quiero hacer.

UN PRIMORDIAL Y NECESARIO OBJETIVO COMÚN

En esas relaciones globales, entre partes separadas por la distancia física, debe existir un objetivo común sobre el cuál se obtendrá el beneficio mutuo final.

Hasta esta crisis creíamos que el producto lo constituía, hemos comprendido que solo es un elemento más de la relación, no alcanza a conformar un verdadero propósito común para ambas partes. Tampoco lo es el beneficio económico de la transacción, puesto que al final del proceso puede existir para una parte y no necesariamente para la otra. Ese objetivo común deberá existir de ahora en más y para ambas partes. El resultado de la transacción no puede beneficiar solo a una y no a la otra o incluso, parcialmente a la otra.

LA CREACIÓN DE VALOR DEBE SER EQUITATIVA EN AMBOS EXTREMOS

Para lograr ese beneficio final compartido, quienes somos un eslabón de esta cadena, deberemos involucrarnos mucho más con el siguiente y con quién esté en el extremo opuesto. No me refiero a la dimensión física, ya que las partes se encuentran a miles de kilómetros de distancia. Básicamente y poniendo un ejemplo, significa que no podré ordenar producir un par de vaqueros en un origen asiático si la creación de valor no es equitativa. No alcanza con crear valor, sino que además, debe estar compensado en ambos extremos de la cadena. El grado actual de globalización es tan significante que el equilibrio global depende de que la creación de valor sea significativa en ambos extremos.

La gran enseñanza que esta crisis nos ha dejado es la comprensión de cuan relacionados y cercanos están los extremos de la cadena y cómo los resultados en uno afectan al opuesto. Seamos perspicaces, no estoy hablando solo de dinero y no es a corto plazo.

La interrelación entre vender millones de pantalones en un país desarrollado y contaminar un pequeño y olvidado río en el centro de un país subdesarrollado es mucho mayor de lo que podemos percibir. Es la misma relación, aparentemente imperceptible, entre los ciudadanos de ese mismo país rico y un anciano muy humilde, de una remota aldea china, al que le gusta la sopa de serpiente.

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